Viviendo un dia a la vez
Empezar de nuevo, una y otra vez, como las aves migratorias
Había un árbol que sembró mi tatarabuela. Un huracán se lo llevó. Pero antes de caer, ese árbol ya guardaba más vida de la que aparentaba: un hueco donde anidaba un carpintero, galerías de insectos bajo la corteza, historias de generaciones enteras de mi familia. Ese árbol me hizo pensar en las aves migratorias, que no conocen otra forma de vivir que no sea perder el lugar y volver a empezar. En este blog hablo de lo que la ciencia dice sobre por qué un árbol "muerto" sigue siendo un hogar, por qué las aves más fieles a un solo sitio no siempre son las que sobreviven, y por qué empezar de nuevo no es una derrota que se repite, sino un oficio que se perfecciona. 📖 Leé el artículo completo en el blog.
SOMOS EL CAMBIO QUE QUEREMOS VER
Swakisakra
9/20/20266 min leer
Empezar de nuevo, una y otra vez, como las aves migratorias
De mi infancia recuerdo árboles de mango gigantes: jugábamos de día bajo la sombra del sol y de noche bajo la sombra de la luna. También esos árboles de mango marcaron el inicio de responsabilidades. Mi tarea, aunque era una niña, era contribuir a tener el patio más limpio de la comunidad. Recuerdo que era casi una competencia: todos salíamos con los rastrillos a limpiar. Si algún día me das la mano, notarás que tengo unas manos duras, llenas de callos, y es que son las manos que limpiaban el jardín, junto a mis primas, primos, hermanos y la mamita.
En las comunidades miskitas los patios son gigantes, y la casa se levanta sobre pilotes como protección ante las inundaciones que llegan en el invierno, lo que permite sembrar muchos árboles y, por lo tanto, caen muchas hojas. En la tradición de mi abuela, cuando nacía un nieto, ella sembraba un árbol —a veces de marañón, a veces de coco, a veces de mango—. Así, cada árbol tenía su identidad propia. La recuerdo pidiéndole a Eddy: "Traé un coco, tráelo del coco de Denis".
Pero había muchos árboles que sembraron nuestros tatarabuelos. Dicen que un huracán de la magnitud de Eta y Iota destruyó Wawa 108 años atrás. Tuvieron que volver a sembrar, así que calculo que los árboles que el huracán se llevó tendrían un poco más de 100 años. Y lo curioso es que, incluso antes de que el viento los derribara, muchos de esos árboles ya no estaba completamente "vivo" en el sentido en que solemos pensar la vida. Tenía una rama hueca donde había anidado un carpintero años atrás. Tenía galerías de insectos bajo la corteza, colonias enteras que llevaban su propio calendario, ajeno al nuestro. Ese árbol llevaba dentro más muerte de la que aparentaba, y aun así sostenía más vida de la que cualquiera hubiera imaginado.
Cuando el huracán se lo llevó, se llevó las historias humanas, los recuerdos que vivían en esos árboles, y se llevó el domicilio de las aves. Y ahí empecé a pensar en las aves migratorias, que no conocen otra forma de vivir que no sea perder el lugar y volver a empezar.
Lo que se lleva un huracán, y lo que no
Los huracanes no destruyen selectivamente: derriban árboles jóvenes y viejos, sanos y enfermos, por igual. Un solo huracán importante puede convertir cerca del 10% de la captación anual de carbono forestal de un país entero, pasando esa madera de "viva" a "muerta" de la noche a la mañana; solo una fracción pequeña de esa madera —alrededor del 15%— llega a aprovecharse antes de descomponerse, y los bosques pueden tardar entre 15 y 20 años en recuperar la productividad que tenían antes de la tormenta (McNulty, 2002). No es una metáfora conveniente: es tiempo real, medido en anillos de crecimiento, el que toma volver a estar de pie.
Y sin embargo, lo que un huracán derriba no desaparece de la ecología del lugar. Un árbol muerto —lo que los forestales llaman un "snag"— sigue siendo hogar. Cerca de 85 especies de aves en Norteamérica dependen de las cavidades que se forman en madera muerta o en descomposición, ya sea porque las excavan ellas mismas o porque reutilizan agujeros que otras especies dejaron; la mayoría de esas aves son insectívoras, así que ese árbol "muerto" termina funcionando como un centro de control de plagas para todo el bosque a su alrededor (Scott et al., 1977). El hueco donde anidó el carpintero de mi árbol no era un defecto. Era, probablemente, el punto más vivo de todo el tronco.
El carpintero no construye una sola vez
Un carpintero macho puede tardar entre 12 y 17 días en excavar una cavidad con forma de calabaza en madera muerta, y con frecuencia regresa a usar la misma cavidad durante varias temporadas (Cornell Lab of Ornithology, 2026). Pero cuando esa cavidad deja de servirle —porque el árbol cae, porque el hueco se agranda, porque simplemente se muda— no se pierde: pasa a otras manos, o mejor dicho, a otras alas. Patos arborícolas, búhos pequeños, ardillas y decenas de especies "secundarias" —que no saben excavar, solo ocupar— dependen exactamente de esos huecos que alguien más abrió primero (Scott et al., 1977). Nada de lo que se construye una vez en la naturaleza se construye para uso exclusivo. Se construye, se usa, se abandona, y entonces empieza de nuevo para alguien más.
Cuando el lugar al que quieres volver ya no existe
Las aves migratorias viven, casi por definición, empezando de nuevo cada año. Vuelan miles de kilómetros para regresar al mismo sitio de anidación, al mismo estuario, a la misma percha, porque la familiaridad con el terreno reduce el riesgo de depredación y mejora las probabilidades de criar bien a sus polluelos (Ehrlich et al., 1988). Esa fidelidad al sitio —lo que en ornitología se llama filopatría— es una de las estrategias más consistentes en el mundo natural. Pero tiene un punto ciego: solo funciona si el sitio sigue estando ahí.
Un estudio reciente que siguió por satélite a playeros migratorios encontró algo revelador: las especies con menor apego rígido a un sitio específico lograron adaptarse mejor cuando su hábitat de no reproducción se deterioró severamente, mientras que las especies más "fieles" a un solo lugar sufrieron más al no moverse a tiempo (Chan et al., 2023). Dicho de otro modo: la fidelidad es una virtud hasta que se vuelve terquedad. Las aves que sobreviven no son necesariamente las más apegadas, sino las que saben cuándo el apego ya no sirve y hay que buscar un nuevo estuario, un nuevo árbol, un nuevo comienzo.
Empezar de nuevo no es una excepción, es el proceso
Durante mucho tiempo pensamos la resiliencia como algo excepcional, reservado para quienes atraviesan tragedias extraordinarias. Pero la psicóloga Ann Masten propuso una idea distinta, hoy ampliamente citada: la resiliencia no es magia rara, es "magia ordinaria" —el resultado de sistemas adaptativos comunes (el vínculo con otros, la capacidad de resolver problemas, la esperanza aprendida) que se activan una y otra vez frente a la adversidad cotidiana (Masten, 2001). No hace falta ser extraordinario para volver a empezar. Hace falta, simplemente, tener a mano los procesos ordinarios que ya sabemos usar, y usarlos de nuevo.
El árbol ya no está, pero el hueco sigue enseñando
No sé si algo volverá a anidar exactamente donde anidó aquel carpintero. Ya no existe el árbol, ni siquiera el paisaje. Pero en algún otro árbol de la zona, en esta temporada o en la próxima, otro carpintero —quizás hijo de aquel, quizás uno completamente distinto— va a tardarse sus doce o diecisiete días abriendo un hueco nuevo. Y ese hueco, con el tiempo, también dejará de ser solo suyo.
Pero hay un problema que ningún huracán causa: vino el humano y botó el árbol que estaba seco, pensando que ya estaba muerto. Por eso escribo este texto, para esos que están a punto de cortar el árbol seco: antes, piensen en sus usuarios, obsérvenlo, cuídenlo.
Eso es, creo, lo que las aves migratorias saben y nosotros seguimos aprendiendo: que empezar de nuevo no es una derrota que se repite, es un oficio que se perfecciona. Cada temporada, cada huracán, cada árbol caído es una invitación a excavar otra vez, en otro lugar si hace falta, sabiendo que ese nuevo hueco también terminará dando refugio a algo más que a uno mismo.
Feliz día
Referencias
Chan, Y.-C., Chan, D. T.-C., Tibbitts, T. L., Hassell, C. J., & Piersma, T. (2023). Site fidelity of migratory shorebirds facing habitat deterioration: Insights from satellite tracking and mark-resighting. Movement Ecology, 11, Article 6. https://doi.org/10.1186/s40462-023-00443-9
Cornell Lab of Ornithology. (2026). Red-headed woodpecker life history. All About Birds. https://www.allaboutbirds.org/guide/Red-headed_Woodpecker/lifehistory
Ehrlich, P. R., Dobkin, D. S., & Wheye, D. (1988). Site tenacity. Stanford University, The Birder's Handbook. https://web.stanford.edu/group/stanfordbirds/text/essays/Site_Tenacity.html
Masten, A. S. (2001). Ordinary magic: Resilience processes in development. American Psychologist, 56(3), 227–238. https://doi.org/10.1037/0003-066X.56.3.227
McNulty, S. G. (2002). Hurricane impacts on US forest carbon sequestration. Environmental Pollution, 116(Suppl. 1), S17–S24. https://doi.org/10.1016/S0269-7491(01)00242-1
Scott, V. E., Evans, K. E., Patton, D. R., & Stone, C. P. (1977). Cavity-nesting birds of North American forests (Agriculture Handbook No. 511). U.S. Department of Agriculture, Forest Service. https://www.fs.usda.gov/media/218461
